Los ayayeros del poder congresal
Percy Bernal, asesor del despacho de Jorge Montoya, le amarra los pasadores
En el Congreso ya no sorprenden los escándalos, pero sí preocupa la velocidad con la que se normalizan. A los episodios del corte de uñas y las mochadas de sueldos se suma ahora una escena que grafica con brutal claridad una práctica enquistada en ciertos despachos: el congresista Jorge Montoya pidiendo a su personal que le amarre los pasadores.
No es una exageración mediática. Es la postal perfecta del ayayerismo institucionalizado.
Ayayeros con sueldo público
Lo que queda en evidencia no es solo un gesto personal fuera de lugar, sino un esquema de relaciones de poder profundamente tóxico. Un despacho congresal convertido en espacio de subordinación personal, donde asesores —muchos de ellos provenientes de la Marina— operan más como asistentes personales que como profesionales al servicio del Estado.
Cuando un asesor llega al punto de agacharse para amarrarle los zapatos a un congresista, el problema ya no es anecdótico. Es estructural. No hay liderazgo ahí, hay sumisión. No hay respeto por la función pública, hay culto a la autoridad.
Percy Bernal y la lógica del silencio cómodo
En la imagen que circula aparece Percy Bernal, quien viste el mismo terno que luce en la fotografía. Hace algunos años ocupaba oficialmente el cargo de técnico y hoy se pavorea en sus propias redes sociales como asesor de despacho congresal. Un rol técnico, político y estratégico. No doméstico. No servil.

fuente: linkedin de percy bernal
Su presencia en la escena refuerza una pregunta incómoda: ¿cuántos asesores están ahí para pensar país y cuántos para aplaudir, obedecer y callar? El silencio, en estos casos, también es una forma de complicidad.
Cultura militar mal entendida
Que parte del entorno de Montoya provenga de la Marina no debería ser un problema en sí mismo. El problema aparece cuando se traslada una lógica de cuartel —obediencia ciega, jerarquía incuestionable— a un espacio que debería regirse por normas civiles, laborales y democráticas.
El Congreso no es un barco. Los asesores no son subalternos. Y el congresista no es un comandante al que se le rinde pleitesía.
El daño va más allá de Montoya
Este tipo de escenas no solo desgastan la imagen de un parlamentario; profundizan el desprestigio del Congreso en su conjunto. Refuerzan la percepción ciudadana de que el poder se usa para alimentar egos, no para legislar; para rodearse de ayayeros, no de profesionales críticos.
El Perú no necesita congresistas rodeados de personas que les aten los zapatos. Necesita representantes rodeados de equipos que les cuestionen, les adviertan y les exijan estándares.
Porque cuando el ayayerismo se vuelve práctica cotidiana, la política deja de servir al país y empieza a servirse de él.
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